Inicio Opinión JOKER, una perturbadora fábula de la realidad

JOKER, una perturbadora fábula de la realidad

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Por Pablo Aquino – En una escena casi al comienzo de la película, Arthur Fleck (el protagonista), viaja en un colectivo de línea desde los inhóspitos suburbios de Gotham hasta el centro neurálgico de la ciudad junto al resto de la “masa trabajadora”. Un niño se da vuelta y Arthur lo hace reír con algunas morisquetas de payaso o clown. La madre se enoja con el solitario hombre y le pide que ya deje de molestar a su hijo. Casi de la nada, Arthur comienza a soltar sonoras carcajadas que incomodan a todo el pasaje. Pero el más incómodo es el mismo Arthur. Debajo de esa risa hay un sufrir. Hay algo que está fuera de lugar… Como puede, saca una tarjeta de su bolsillo y la entrega a la madre del niño. La tarjeta advierte que el protagonista padece un mal relacionado con la labilidad emocional, y que no puede evitar reírse sin control.

Esa será, acaso, la primera vuelta de rosca que Joker (Guasón) ofrece a aquellos que hemos transitado por las diferentes versiones cinematográficas de Batman. Aquí se busca adentrarse en lo más recóndito de la psique del personaje principal, antes de que se transforme en el vil y, de alguna retorcida manera, glamoroso villano que todos bien conocemos. Una suerte de precuela, pero esta vez focalizando mucho menos en la familia Wayne y su pequeño futuro superhéroe, y muchísimo más en quien a la postre será acaso la más letal de todas sus tantas archinémesis.

Lo más destacable del film de Todd Phillips (The Hangover, War Dogs) es que, lejos de buscar la a esta altura abusada fórmula del “comic viviente”, elije la ruta del retrato social. Ciudad Gótica vive una época de alta turbulencia socio-económica a principios de los 80 -tal como Nueva York por aquellos comienzos del ultra-conservador gobierno de Ronald Reagan. Los recolectores de basura sostienen una prolongada huelga en toda la ciudad. Los desperdicios se acumulan en toda la urbe y las ratas aumentan en número. Así como lo vimos en la película “El perfume, historia de un asesino” (2007), el personaje central crece y se forma entre la podredumbre, la delincuencia, las exclusiones sociales, las inequidades. La cinta busca la empatía entre el espectador y el “monstruo”. Al fin y al cabo, es simplemente otro ser que sufre y transcurre su existencia haciendo lo mejor que puede, hasta donde la sociedad lo deja.

¿Cómo puede un niño transformarse en monstruo? ¿Cuándo perdemos la inocencia y la pureza? ¿Qué hubiese sucedido si alguien nos hubiera dado la oportunidad, aunque sea despejarnos un poquito el camino para tener una esperanza?

Las preguntas perturban, inquietan, retuercen al espectador. La atmósfera de la película es opresiva, la música incidental es lúgubre, lacerante. Nuestro antihéroe quieren salir pero lo empujan de nuevo hacia adentro. El Estado ensaya una asistencia hasta que la Trabajadora Social le da una nueva mala noticia a Arthur: ya no hay más presupuesto, el programa se cierra. Lo lamento…

Es indiscutible que cada individuo debe forjar su destino, con sus propias armas y su propio esfuerzo, pero… ¿Tenía acaso Arthur muchos más desenlaces posibles? ¿Había escapatoria? ¿Alguien le enseño a buscarla? No todos nacemos en la misma cuna, y no todos arrancamos esa búsqueda desde el mismo peldaño.

Finalmente, la crisálida Arthur encuentra su mariposa: El Guasón. Y con él, se despierta un ejército de oprimidos que encuentran en este payasito un cauce, un modelo para expresar tanta furia contenida. La película coquetea con una apología de la violencia, es cierto. Porque es una película incómoda. Nos reflejamos en ella y no nos agrada lo que vemos. Y ese es, precisamente, su mayor mérito…

Pablo Agustín Aquino, para TON Online

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