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EL BUEN PASTOR

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Por Pablo Aquino

Se va un gobierno de discurso ambiguo, vago, impreciso, elíptico, apolítico, que prometió luz al final de un largo túnel oscuro, que propuso infierno para llegar a un cielo que nunca vimos ni aparece aún en el horizonte.

Un gobierno que enarboló la bandera de la transparencia institucional y nombró jueces por decreto, metió torres, alfiles, Dalesios y Angelicis para tapar causas propias y apurar ajenas, con su dama en la Oficina Anticorrupción para garantizar la movida.

Un gobierno que deja el doble de inflación, 10 puntos más de pobreza, 23.000 pymes cerradas, y cientos de miles de empleos perdidos.

Un gobierno al que NADIE le pidió que arregle todos los problemas de las últimas décadas, pero arruinó lo bueno que recibió y empeoró lo malo.

Un gobierno al que NADIE le puso palos en la rueda, la oposición lo acompañó, los sindicatos lo aguantaron, los medios lo protegieron y, así y todo, perdió todas esas oportunidades.

Un gobierno que habló de “honestidad” y “valores”, pero protegió familiares (blanqueo, Correo), licitó obra pública para favorecer amigos y transfirió ganancias a los más poderosos (también amigos y familiares).

Se va un gobierno de un presidente con más de 100 denuncias en su contra y, por algún extraño motivo digno de análisis psicológico, un tercio de la población cree que fue honesto. Evidentemente todos creemos lo que necesitamos creer para dormir tranquilos…

La misa terminó, la folletería se guarda, las urnas para donaciones se fugan, y la iglesia se cierra. Tal vez ahora vuelva a ser un cine como lo fue antes de que estos pastores llegaran, y la película que nos muestre difícilmente sea feliz.

El despertar puede ser duro, muy duro…