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Estigmatizar, no. Hacerse cargo, sí.

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Por Pablo A. Aquino

Fernando se fue. Y ahora, además de esperar que la justicia actúe y pronto, es momento de reflexionar en serio.

Es cierto, el rugby no tiene la culpa. El deporte siempre es bueno. Enseña, incluye, educa, transmite valores, contiene, atrae lo positivo, aleja lo malo, no discrimina.

Tuve la oportunidad de ir a escuela privada en primaria y secundaria (remarco que utilicé la palabra “oportunidad” y no la palabra “suerte”, porque no creo que la educación pública tenga que ser una instancia a la cual uno llega por resignación). Sin llegar a destacarme ni mucho menos, pude palpar la esencia valiosa del rugby. Es un deporte duro, sacrificado, como la vida. Nos abrazamos entre compañeros para empujar al equipo hacia el in-goal, y nos abrazamos con el rival en el tercer tiempo. Orgullo y respeto.

Pero también es cierto que en el rugby suceden cosas que raramente suceden en otros deportes. En algún momento los hinchas de fútbol tuvimos (y aún tenemos) que hacernos cargo de la violencia que generamos dentro y fuera de la cancha, muchísimo más extrema que la que los mismos jugadores y/o árbitros generan, por más que muchas veces queremos caprichosamente echarles la culpa a ellos.

En el rugby es muy extraño ver que esa agresión provenga de las tribunas, o del campo de juego. Pero las agresiones producidas por rugbiers fuera de la cancha (y fuera del tercer tiempo) hacia todos aquellos que sean diferentes o siquiera se atrevan a mirar de reojo o caminar cerca han sido y son lo suficientemente frecuentes como para aseverar, sin temor a exagerar, de que se trata de una actividad definitivamente COMÚN.

La palabra COMÚN duele porque engloba, mete en la misma bolsa, nos convierte a todos en ORDINARIOS. Y la ordinariez es justamente una característica que aquellos que ejecutan estas violentas prácticas creen no tener. Sin embargo, la palabra COMÚN no es injusta, implica una verdad que hay que enfrentar. Que la GRAN mayoría de los jugadores de rugby opten por NO practicar esa violencia (esto por suerte es así) no significa que no sea algo común, frecuente, repetido.

Lo dijo uno de los acusados en un video que él mismo posteó: “La vida nos jugó una mala pasada”. Esa frase lo dice todo: Lo que hicimos es común, es “normal”. Que Fernando se haya muerto fue una consecuencia fortuita…Fue “mala leche”.

Es decir, no hay conciencia, no hay remordimiento. Hicieron lo que aprendieron de otros, lo que vinieron observando hace décadas, lo que sucede casi todos los fines de semana, con mayor o menor gravedad y más o menos consecuencias.

Es entendible que esa gran mayoría dentro del mundo del rugby que jamás saldría a pegarle a alguien, y mucho menos en patota, ahora se sienta estigmatizada.

A ellos y ellas, les propongo un ejercicio similar al que proponía el personaje central de aquella película “A Time to Kill” (Tiempo de matar): Cierren los ojos e imaginen lo que siente aquel niño que nace en una villa y que soporta a diario, en la calle, en los medios, en las redes, que todos lo discriminen y lo prejuzguen. Que le digan vago, negro, vividor, por el sólo hecho de vivir en una villa o ser pobre. Así nomás, sin mayor análisis, sin la menor empatía, sin darle la chance de escribir su propia historia, sin tenderle una mano.

Imaginen qué siente un niño hijo de inmigrantes, como lo era Fernando Báez Sosa, cuando tiene que escuchar que “sólo vienen a robarle el trabajo a los argentinos y a delinquir”.

Ahora, abran los ojos, e imaginen que ese niño es su hijo…

Por Pablo A. Aquino